Central Park West

No sabía cómo explicar las ganas de irme, pareciera que nací para correr, para ser vagabunda del mundo.

Todo comenzó cuando empecé a viajar, a descubrirme en otros lugares, en otras personas, en otras realidades, cuando me di cuenta que más allá de las cuatro paredes que encasillan mi cotidianidad existía un mundo por explorar.

Me gusta romantizar mi vida y los pequeños momentos que me habitan, me gusta pensar que en la simpleza se encuentran las grandes alegrías...

Cuando vivía en Ciudad de México me gustaba mucho observar a la gente, caminar, apreciar lo bueno, grande y malo que tiene una ciudad tan caótica como surreal; recorrer sus calles, observar sus colores, sus sabores y en lo ajetreado encontrar minutos de paz. Lo he de confesar, me sentía como pez en el agua, sentía que pertenecía y que aquel mundo que a veces parecía caótico, era mío. 

Los Cabos me ha enseñado a frenar, a apreciar el proceso, a no querer correr sin antes caminar, a disfrutar la tranquilidad, la calma, las olas y el mar, aunque cada día me gusta más, no puedo evitar pensar que sigue sin ser mi lugar, que algo falta, que algo se siente incompleto. 

Me he intentado aferrar a creer que todo esto es temporal y que con el paso de los días, de los meses e incluso de los años, lo que tengo aquí y ahora me hará sentir satisfecha, que tal vez al final del día este lugar se sienta tan mío como lo deseo. 

Pero también mi mente empieza a andar y no deja de cuestionarse si en la huida puede encontrarse la plenitud. 

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